
Educar desde la grada
Una menor, árbitra en formación, regresa a casa después de un partido. No lo hace pensando en mejorar una decisión, en aprender de un error o en disfrutar de la experiencia. Lo hace tras haber sido objeto de amenazas. Su madre, en Fuerteventura, decide denunciar. Y lo que debería ser una historia excepcional se convierte, inquietantemente, en una más.
Ese es el verdadero problema: ya no sorprende.
En diferentes puntos del archipiélago se repiten escenas que deberían avergonzarnos como sociedad: árbitras que tienen que refugiarse en vestuarios por miedo; partidos suspendidos tras agresiones; insultos xenófobos dirigidos a colegiados en categorías base; intentos de intimidación desde la grada o los banquillos. Situaciones que hace no tanto tiempo habríamos considerado intolerables y que hoy corren el riesgo de normalizarse.
No son anécdotas. Son síntomas de un problema estructural.
El deporte base debería ser uno de los entornos más seguros y formativos para nuestros menores. Un espacio donde aprender a competir, sí, pero sobre todo a respetar, convivir y crecer. Pero cuando los adultos fallamos, ese espacio deja de educar y empieza a contaminar.
Porque no debemos olvidar qué representa un árbitro. Es la figura de autoridad que garantiza el cumplimiento de las normas, igual que un docente en el aula o un agente en la calle. Sin su labor, el deporte pierde sentido. Y, sin embargo, asistimos a una progresiva deslegitimación de esa autoridad, muchas veces impulsada desde la grada.
La situación es especialmente grave cuando quienes arbitran son menores de edad. Jóvenes que están aprendiendo, que asumen responsabilidades y que se enfrentan a contextos de presión que muchos adultos no soportarían. En muchos casos, además, están identificados como árbitros en formación. Es su “L” de aprendizaje.
Pero no hay paciencia.
Nadie increpa a un conductor novel por equivocarse. Nadie entiende el error como un ataque personal en ese contexto. En el deporte base, en cambio, sí ocurre. Y con una intensidad que debería hacernos reflexionar.
¿Qué estamos enseñando?
Porque los niños no solo juegan. Observan. Imitan. Interiorizan. Cuando un padre insulta a un árbitro, está enseñando que el respeto es opcional. Cuando un entrenador amenaza, está validando la agresión como respuesta. Cuando se lanzan insultos xenófobos, se transmite que la dignidad depende de a quién se tenga delante.
Ese es el aprendizaje real. Y es profundamente preocupante.
El problema, por tanto, no es solo deportivo. Es educativo. Es social.
El deporte base no necesita más competitividad desmedida. Necesita referentes. Adultos que entiendan que educan incluso cuando creen que solo están animando. Necesita coherencia, responsabilidad y, sobre todo, respeto.
Proteger a los árbitros —especialmente a los más jóvenes— no es una cuestión corporativa. Es una cuestión ética. Es defender el derecho de nuestros menores a formarse en un entorno sano.
Porque sin respeto, no hay deporte.
Y sin ejemplo, no hay educación.














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