OTRA HISTORIA DE CANARIAS

De cuando La Graciosa e Isla de Lobos refugiaban a corsarios y piratas

En los siglos de la piratería y en un ambiente de desprotección, las ensenadas de estos islotes servían de zona de resguardo temporal para naves enemigas

Mario Ferrer 0 COMENTARIOS 27/06/2026 - 07:56

Con la llegada de los tiempos estivales, La Graciosa e Isla de Lobos ven cómo aumenta el número de visitantes que llega a sus playas en estos meses. La costa de ambos islotes tiene hermosos entrantes de aguas tranquilas que hacen las delicias de los veraneantes. Lo que probablemente no sepan los bañistas es que estos pequeños territorios llenos de sorprendentes historias también vieron fondear naves enemigas hace varios siglos, precisamente durante los meses en los que las marejadas bajaban su frecuencia y potencia.

Fue en la época de la conquista europea y en la fase posterior, es decir, entre los siglos XIII y XVIII aproximadamente. Un largo periodo de casi cinco siglos de auge de la piratería y aguda desprotección en el que, por contradictorio que pueda parecer, los barcos de corsarios que aterraban a la población local encontraron refugio temporal en La Graciosa e Isla de Lobos. Navíos corsarios que lanzaban sus ataques en busca de botines y cautivos y que solían venir por Canarias en primavera y verano, porque, como la guerra, la piratería fue una actividad fundamentalmente estacional en la Edad Moderna, dejando el invierno para reponer fuerzas.

Las razones geográficas por las que La Graciosa e Isla de Lobos eran ideales para las naves enemigas son obvias y potentes. Para empezar, ambos tienen ensenadas naturales que protegen de los oleajes dominantes en Canarias. Y además de zonas de mar relativamente tranquilas, esos islotes estaban cerca de pozos, fuentes y zonas de abastecimiento de agua, pero sobre todo eran estaciones muy útiles para lanzar incursiones en Lanzarote y Fuerteventura, con Teguise y Betancuria como principales focos de atracción para el pillaje.

Hay documentos que atestiguan que los corsarios se asentaron en La Graciosa y Lobos

Pero más que la geografía, las principales respuestas para comprender una situación que ahora puede sorprender a los usuarios de estas tranquilas playas está en el contexto histórico de ese periodo y en la mala defensa de las islas. Desde los siglos XIII y XIV se sabe que distintos navegantes europeos pasaron por Lanzarote y Fuerteventura. El ejemplo más famoso fue el de Lanceloto Malocello, quien, tras residir largos años, dio nombre a la isla más septentrional. Pero no todos fueron tan pacíficos como el navegante genovés y muchas naves pasaban para lograr esclavos que luego se vendían en Europa. De hecho, varios autores han comentado que la causa de la poliandria que existía en Lanzarote, según la crónica de la conquista Le Canarien, podía estar en la merma del número de mujeres como resultado de las incursiones esclavistas para la exigua población autóctona insular. En el propio Le Canarien, el libro que cuenta la expedición de 1402 de los caballeros normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle, ya destacó el papel de La Graciosa y, especialmente, de Isla de Lobos en la definitiva conquista europea de estas islas.

Vista de La Graciosa desde Lanzarote. Fotos: Adriel Perdomo.

 

Auge de la piratería

La época dorada de la piratería en Canarias estuvo impulsada por varios motivos, pero, sobre todo, destacaron los factores relacionados con el irresistible imán de la flota de Indias y la hegemonía internacional de la Monarquía Hispánica (conviene no olvidar que Portugal fue “heredado” por la corona de los Austrias españoles, quienes la mantuvieron de 1580 a 1640). Con un imperio dominante que recorría tres océanos y el incesante flujo de oro y plata de América, no era una sorpresa que los múltiples enemigos de la corona castellana y los ladrones se sintieran muy interesados por rondar las posesiones españolas en la ruta atlántica hacia el Nuevo Mundo, especialmente cuando eran zonas muy desprotegidas, como Lanzarote y Fuerteventura.

Antes de entrar a comentar las condiciones locales de estas islas, hay que recordar la diferencia entre piratas y corsarios, aunque hubo famosos navegantes que ejercieron los dos modelos. Los piratas atacaban y saqueaban de forma autónoma a cualquier embarcación, sin el apoyo de ninguna corona o dirigente reconocido y, por tanto, sin respetar bandera oficial alguna en la mar. En cambio, los corsarios tenían “patente de corso” y apoyo de algún soberano para llevar a cabo sus ataques. Esa “patente” era una especie de licencia que daba el rey de turno para “navegar de corso” persiguiendo los barcos de los enemigos del monarca concesionario.

El gran aliciente para que territorios pequeños como Lanzarote y Fuerteventura fueran tan atacados estaba en su desprotección. Eran islas muy fáciles de asaltar, como cuentan los historiadores y archiveros Víctor Bello Jiménez y Enrique Pérez Herrero en un reciente libro titulado En la orilla del Imperio. Ataques corsarios a Lanzarote (1586-1618). Siendo ínsulas de señorío, la corona española las consideraba de forma bastante secundaria y centraba sus esfuerzos en las islas de realengo: Tenerife, Gran Canaria y La Palma. Por si fuera poco, las diferentes casas dinásticas que regentaron Lanzarote y Fuerteventura, por su parte, no podían o no tenían gran interés por defender unas posesiones atlánticas a las que no sacaban gran rendimiento. Islas áridas que no daban gran beneficio y que costaba mucho defender. Existen muchos testimonios de tensión entre las demandas de la población, las peticiones de los señores de la Isla y los requerimientos de los reyes en estos siglos.

Además, los jefes militares y dinásticos de Lanzarote y Fuerteventura estuvieron muchas décadas promoviendo y realizando cabalgadas en la costa africana. Este tipo de razias consistía en dirigirse al cercano continente para realizar incursiones violentas en busca de esclavos o cautivos por los que luego pedir un rescate. Esta estrategia daba beneficios monetarios, pero añadía un motivo de venganza más, a las ya cruentas rivalidades de vecindad entre cristianos y musulmanes. Moros, turcos y distintos pueblos de la zona de Berbería, en el norte de África, fueron especialmente proclives en los ataques a las islas más orientales de Canarias, destacando las expediciones que salían de Argel o Salé.

La situación era tal que, incluso los cabildos de la época, que eran instituciones muy diferentes a las actuales pero que tenían cierta relevancia, usaban sus escasos fondos para pagar a personas de confianza que se dedicaban a vigilar las costas desde atalayas y avisar a las autoridades rápidamente en caso de atisbar barcos. La costa se veía como una zona de alto riesgo, mientras islotes como La Graciosa o Isla de Lobos resultaban prácticamente indefendibles. Para su libro, Víctor Bello y Enrique Pérez han indagado, entre otros, en el Archivo General de Simancas, encontrando documentación que atestigua que las naves corsarias llegaron “incluso, a asentarse en la isla de La Graciosa o el islote de Lobos”.

Recreaciones de los ataques piráticos realizadas por el artista Hamid Rafii para el libro ‘En la orilla del Imperio’, de Víctor Bello Jiménez y Enrique Pérez Herrero. 

Varios reyes se plantearon crear una armada defensiva para Canarias

Los reyes españoles encontraban muchas dificultades para defender eficazmente Canarias y, sobre todo, Lanzarote y Fuerteventura, las cuales, encima, eran las islas más cercanas a África y las primeras en ser vistas si se navegaba siguiendo las corrientes de los alisios, que era lo habitual.

Aunque se intentó crear una flota militar que protegiera Canarias en varias ocasiones y con distintos monarcas, nunca llegó a navegar de forma regular por estas aguas una armada de este tipo. Sin un amplio ejército estable en las islas, el recurso de mejorar las milicias locales (formadas sobre todo por isleños que se veían obligados a actuar como soldados bajo el mando de un sargento mayor en momentos de ataque) y de crear más castillos fue el más usado, pero de nuevo, priorizando las islas de realengo, que además tenían más población. Las precarias fortificaciones de Lanzarote y Fuerteventura fueron quemadas en diversas ocasiones y sus tropas solían ser escasas y mal preparadas. En Maxorata, los torreones más antiguos que se conservan son de 1743, con los de los puertos de Tostón y Caleta de Fustes. Tres años antes, en 1740, la milicia local había vencido a corsarios ingleses y norteamericanos en las famosas batallas de El Cuchillete y Tamasite.

En paralelo a las fortificaciones defensivas, la corona española desarrolló una red de espías e informadores para intentar adelantarse a los movimientos de los enemigos. Esta táctica funcionó con Argel especialmente, aunque de nuevo primando la defensa de las islas de realengo. El resultado fueron episodios tan cruentos como el de 1618, cuando 28 naves provenientes de Argel arrasaron Lanzarote. La isla apenas pudo ofrecer resistencia militar, de manera que las huestes de Xabán Arráez se llevaron, según Bello y Pérez, 1.100 personas cautivas, una cantidad que podía suponer en torno al 20 o 30 por ciento del censo insular total en ese momento.

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