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Juan Brito, la última esperanza del pírgano

El artesano es el único que trabaja este material tras el fallecimiento de los cesteros que mantuvieron viva la tradición

Eloy Vera 0 COMENTARIOS 17/08/2026 - 08:14

Las manos de Juan Brito, de 70 años, son la última esperanza para la artesanía del pírgano en la Isla, una técnica artesanal que en la Fuerteventura anterior a las ferreterías y a los bazares chinos sirvió para crear una serie de menajes que ayudaron al majorero en su día a día. Hoy su supervivencia está en el alambre.

Pedro Ravelo fue el último maestro artesano del pírgano en Fuerteventura. Con su muerte, en 2022, esta artesanía entró en la fase más avanzada de extinción tras haber ido desapareciendo otros cesteros que, durante siglos, la mantuvieron viva. 

En 1956 estalla la crisis de Suez tras la nacionalización del canal por parte de Egipto; Marruecos alcanza la independencia de Francia y Fidel Castro llega a Cuba para comenzar la revolución armada. Desde Madrid comienzan las emisiones de Televisión Española. En Fuerteventura su capital deja atrás el nombre de Puerto Cabras para pasar a denominarse Puerto del Rosario, mientras en una casa de Vega de Río Palmas, Sara Cabrera daba a luz a Juan.

Sus recuerdos de niñez son imágenes en blanco y negro en las que se dibuja a mujeres haciendo esteras con hojas de palma y a hombres sentados a las puertas de las viviendas trabajando el pírgano o la caña para crear cestos para la agricultura, recoger fruta o los huevos que las gallinas dejaban en los ponederos.

Hubo un tiempo en el que la Vega de Río Palmas era el epicentro de la cestería de Fuerteventura. Sus palmerales daban la suficiente materia prima para que la gente del pueblo, dedicada a la agricultura y la ganadería, encontrara en el arte de trabajar la palma y la caña un complemento con el que mantener la economía familiar. “Hasta aquí, venían de todos lados de la Isla a comprar cestos”, recuerda Juan.

En la actualidad, él es el único artesano que se dedica a la artesanía del pírgano en Fuerteventura. Son las nueve de la mañana y hace rato que empezó a trabajar esta fibra vegetal. Días antes, lo había puesto en remojo en un recipiente con agua. De fondo, una radio, que aparenta tener muchos años, sintoniza Radio Clásica de Radio Nacional de España. Cuando se pone con las labores artesanas, le gusta escuchar música clásica.

“Vega de Río Palmas es un pueblo con mucha tradición artesana. Había muchos artesanos que hacían cestos, esteras, ceretas para pescar, cerone..., pero de ellos ya no queda ninguno porque todos se han muerto”, cuenta mientras enseña una estantería en la que se acumulan cestos de distintas formas y materiales. Unos hechos por él; otros regalados por vecinos del pueblo que un día decidieron mirar a sus mayores y empezar a convertir las fibras vegetales en piezas artesanas.

Los hermanos Ravelo, Pedro y Anselmo; Antoñito Umpiérrez, “que hacía los mejores cestos de Fuerteventura”; Simón Perera y otros nombres más mantuvieron viva la tradición hasta que fueron falleciendo.

Juan cree que se deberían hacer más cursos porque de ellos pueden salir artesanos

Juan creció viéndolos trabajar. Sobre todo, a su tío abuelo Simón Perera, pero él decidió hacer su futuro lejos de la artesanía. Trabajó en la hostelería y como albañil hasta que llegó su jubilación hace unos diez años. Entonces se planteó la posibilidad de pasar los días sentado delante de la televisión o acudir a la artesanía como hobby. Al final, se decantó por lo segundo.

Se puso en manos de Silvestre Perera, hijo de Simón, con el que aprendió a trabajar el pírgano. Lito, un monitor de artesanía del Cabildo, le enseño la técnica de la palma.

Aún no tiene el carnet de artesano, pero está por la labor de hacérselo. “Me gusta todo lo artesanal. Si se va dejando de hacer acabará desapareciendo porque nadie hace ya cosas de estas. Esto ya hoy no se hace para trabajar, sino para mantener la tradición”, dice.

En estado crítico

Sabe que la artesanía relacionada con las fibras vegetales vive una época crítica. La falta de materias primas castiga a los pocos artesanos que quedan en la Isla trabajando la palma y la caña. “Las palmeras están enfermas de calandria. Aquí había unas 800, pero no creo que queden ya un 30 por ciento de ellas y con la caña pasa igual”, explica. El Cabildo corta palmeras para los artesanos, pero “no hay mucha”, lamenta.

En el pasado, Vega de Río Palmas era el epicentro de la cestería en la Isla

Tampoco parece contar con el respaldo de las nuevas generaciones. El trabajo laborioso, al que hay que dedicar muchas horas, no compensa con el precio que luego alcanza en el mercado.

Aun así, defiende que la pervivencia de la cestería del pírgano, al igual que otras tantas técnicas artesanales, pasa por una mayor implicación de las instituciones, sobre todo del Cabildo. “Deben implicarse más y hacer más cursos. Si se hace uno, por ejemplo, para cien personas, creo que sería imposible que no salieran cinco artesanos de ahí”, opina.

En estos diez años, ha hecho unas 150 piezas de pírgano, que regala. “No los vendo. Me gusta regalar. Tengo esa enfermedad y creo que ya no se me va a quitar”, dice entre bromas. Algunas de ellas han servido para decorar el stand del Ayuntamiento de Betancuria en la Feria Insular de Artesanía.

Tras jubilarse, aprendió a trabajar el pírgano y hasta ahora ha hecho más de 150 cestos

Juan trabaja además del pírgano, la caña y las hojas de palmera. Ahora, se afana en terminar un sombrero de palma. Tiene claro que seguirá, mientras pueda, dedicando el tiempo libre a este oficio.

Son las diez de la mañana. Puede que Juan se dé un paseo por su huerto y si el calor lo permite una caminata por el pueblo. Puede también que regrese unas horas al cuarto donde elabora los cestos. Volverá a sintonizar Radio Clásica y a trenzar el pírgano, mientras cruza los dedos para que aparezca alguien al que ceder el testigo.

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