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“Si tienen más armamento nos matan”

Pablo Ascensión era uno de los marineros del Pinzales, el primer pesquero canario ametrallado en la costa africana en 1977. Casi cincuenta años después recuerda esta historia

Saúl García 0 COMENTARIOS 13/09/2026 - 08:19

Pablo Ascensión Rojas tenía solo 13 años la primera vez que se embarcó. “Sí que quería ir”, dice, porque no le gustaba mucho estudiar, pero no daban la matrícula (el permiso para enrolarse) hasta los 14 años, aunque ese problema se lo arregló Jorge Toledo, que era el propietario del barco, el Altay.

Pablo vive hoy en Titerroy (Arrecife), pero nació en La Puntilla, en una familia de marineros. Cumplió los 14 en Cabo Blanco porque esa primera vez ya estuvo más de cuatro meses en la zafra. En aquel pedazo de tierra arrancado al mar entre el Sáhara Occidental, aún español, y Mauritania, pescaban burros y jubillas con artes de cerco y se lo vendían a los franceses.

Vivían en un barco y trabajaban en otro. “Teníamos un puntón, un barco de vela que no se usaba, el Jorge Luis, y allí trabajábamos el pescado, lo dejamos dos o tres días allí para que se secara un poco”, explica. Estuvo embarcado muchos años, hasta 1991 o 1992. El último viaje lo hizo en busca de sardinas a bordo del Monte Lentiscal, y a partir de entonces trabajó en tierra.

También le pilló en el Sáhara la Marcha Verde, haciendo la mili. La hizo en la Marina, en un barco que tenía un capitán que solo quería a bordo marineros de profesión, y si eran canarios, mejor aún. Dice que salió de allí en el último barco que zarpó desde Villa Cisneros, hoy Dakhla, y que pudo ver cómo las embarcaciones del ejército marroquí fondearon en la bahía del Río de Oro, en la Punta de La Sarga y empezaron a disparar de noche a un pueblito que había frente al muelle, donde estaban “las tropas nómadas de España” y “destrozaron todo el pueblo”.

Cuando terminó el servicio militar hizo varios viajes más a la costa africana y un día se enroló en el Pinzales, con base en Las Palmas. Y ahí fue donde ocurrió una de esas cosas que “nunca se olvidan”, pero que con el paso del tiempo se ha ido olvidando.

Eran las 12 de la noche del 7 de abril de 1977. El barco estaba fondeado en el Cabo Leven, junto a una playa “que le dicen el camellito, allí mismo fue donde cogieron después, más adelante, al Sarita y al Costa de Terranova”, explica Pablo. La tripulación de esos dos barcos estuvo secuestrada durante varios meses por el Frente Polisario en varios puntos del desierto. “Llevábamos unos días allí pescando, esperando al otro día para levantarnos”.

No recuerda que hubiera habido ataques antes, pero sí algún tipo de intimidación. Sí sabían que había algún riesgo porque el Frente Polisario reclamaba que no se pescara en sus aguas. “Yo no sé si ataque, pero intimidación había habido, porque mi hermano Pepe estaba embarcado en el Guanche que le pasaban los aviones por encima y estaba acojonado”, recuerda hoy Pablo, que explica con detalle cómo fue el ataque: “Sentimos un taponazo, y el cocinero, un tal Hilario, que era canario, pero vivía en Valterra, dormía aparte y se creía que era la bombona que había explotado, y se agachó. Yo no sé si fue del mortero que tiraron o de una granada, porque nosotros después cogimos todas las espoletas y él estaba lleno de metralla y tenía un agujerito”.

Pablo explica la distribución de los marineros a bordo: “El barco no tenía rancho -continúa-, nosotros dormíamos seis o siete debajo del puente, donde había una camareta y atrás en la cocina había otra camareta donde dormían dos. Y Manuel, el patrón, dormía en el puente, y dos más dormían abajo, en la máquina, el motorista y Eustaquio”.

Dice que “no salió fuego ninguno” pero que, o bien el mortero o la granada, “levantó la redonda del barco, se lo llevó”. “El cocinero escapó”, añade, a pesar de que el mortero entró y atravesó la embarcación, que “tenía unos tanques de hierro en la banda para el agua”. El proyectil atravesó el tanque, atravesó el guardacalor “que era de hierro, cogió la cafetera esa de aluminio que la tenía preparada con agua para por la mañana, pues la abrió toda y parecía una coliflor. Después cogió la taquilla donde teníamos los víveres, que era de madera, una madera gruesa y después vino a salir por un portillo”.

Los atacantes disparaban desde una zodiac, a solo unos metros de la popa del pesquero. “Cuando nosotros salimos, según encendimos la luz para salir empezaron a disparar para adentro y pillaron a Cristóbal dentro de la camareta”. Dice Pablo que no dijeron ni una palabra, ni un aviso ni un grito. Nada. Dispararon “y se hincharon de disparar”. “Y después yo mismo fui el que viré el cabo y le dimos avance sin avisar, le dijimos a Manuel que le diera avance, y cuando nosotros llegamos a popa vimos la zodiac, ahí debajo de la popa y salimos corriendo para proa”, relata.

Y sigue: “Yo pienso que cuando nosotros estábamos allí, que yo estaba de popa, que fuimos con el cabo y ellos nos vieron porque estaban ahí..., yo pienso que no tenían ya más armamento porque si tienen más armamento nos matan a Florencio y a mí”.

Heridos

Muertos no, pero el balance fue de cuatro heridos. El cocinero acabó “todo salpicado de metralla” y tenía un agujero en la paletilla. Le hicieron un torniquete con pimentón incluido. “Con eso llegamos hasta Villa Cisneros”, añade. “Había un tal Rafael que lo cogió un cacho de metralla, le faltó poco para coger la espina dorsal de arriba abajo, le hizo un agujero de arriba abajo, ahí pegado”. 

El ataque sí lo tiene presente. “Son cosas que no se olvidan”, dice con una sonrisa

Otro de los heridos fue Cristóbal, al que le rozó una bala cuando “dispararon a lo loco”, pero fue solo una quemadura nada más. Y a Domingo, de Tinajo, “lo cogió una bala por un dedo y perdió un trozo, se lo tuvieron que cortar después”, hace balance Pablo, que recuerda que después estuvo embarcado precisamente con Domingo en El Tela, que también fue ametrallado pero no cuando estaban ellos a bordo. El Tela fue tiroteado por el Frente Polisario más de un año después, en agosto de 1978, y su patrón, Andrés Parrilla, recibió un balazo en el muslo izquierdo.

Cuando zarparon avisaron por radio a la estación costera de Las Palmas y pidieron socorro. Pusieron rumbo a La Sarga, donde fondearon. Evacuaron a tres de los heridos por vía aérea, mientras que el otro, Cristóbal, se quedó a bordo. A los dos o tres días salieron hacia Gran Canaria, acompañados de otro barco, del que no recuerda el nombre. Llegaron con siete toneladas de pescado salado en la bodega y con “los daños causados por las ráfagas de ametralladora, bombas de mano y dos disparos de bazoka efectuados por el Frente Polisario en su agresión”, según relataba la crónica del periódico El País.

Ataques

Pablo siguió navegando durante 15 años más. El ametrallamiento no lo echó para atrás. Siguió yendo a la pesca y a los mismos sitios de la costa africana. Recuerda que después de aquel suceso es cuando empezaron a poner patrullas para evitar esos ataques a los barcos pesqueros. También solía navegar el Esperanza del Mar, un buque hospital. Dice que “a raíz de eso entonces ya pusieron vigilancia”. No sirvió de mucho. Fue después cuando llegaron los peores ataques.

Ya había habido un atentado con un muerto en el año 1976 en las minas de fosfatos de Fos Bucraa,  pero el Pinzales fue el primer barco ametrallado. Después llegaron, en noviembre de 1977, el Saa, y en 1978 el secuestro de Las Palomas y los ametrallamientos del Lerez, El Tela y, sobre todo, del Cruz del Mar, aunque este atentado nunca fue reivindicado por el Frente Polisario, al contrario que muchas de las otras acciones. El último fue en 1985, cuando la crisis de El Junquito y la muerte de dos militares de la patrullera que los escoltaba.

Imagen de su primera matrícula, la primera vez que se embarcó, con solo 13 años. Foto: Cedida.

Reconocimiento

Cuando llegaron a Gran Canaria con el Pinzales fueron a declarar a la Comandancia de Las Canteras, según recuerda Pablo. Y ya está. Ni poco después ni mucho más tarde se volvieron a poner en contacto con él. Nunca ha tenido un reconocimiento de ningún tipo, ni como víctima de terrorismo ni nada similar. Tampoco le convocan para los homenajes que se suelen hacer cada año, centrados en la tragedia del Cruz del Mar, pero con aquellos ataques de fondo a los pescadores canarios.

Pablo siguió navegando. El ametrallamiento no lo echó para atrás

El ataque, sin embargo, sí lo tiene presente. “Son cosas que no se olvidan”, dice con una sonrisa. Lo lleva en la memoria. “Igual que cuando también naufragué”, añade. “Bueno... naufragué -puntualiza- vino uno y nos metió un estampío por la popa a las dos de la madrugada”. Eso fue a principios de los años noventa, en el Ascensión del Señor, un pesquero que curiosamente también había sido abordado por hombres armados en 1982.

Pero aquella vez no fue un atentado, sino un buque. Quien debía hacer guardia se había quedado dormido. “No le tocaba ni la guardia ni nada, lo que pasa es que era para que se callara”, explica Pablo. Tanto se calló que se quedó dormido. “Era un barco de esos grandes, coreano o japonés, que eran los que pintaban de negro, porque los rusos lo pintaban todo de gris. Yo salí cuando sentí a uno gritando: “Toño, Toño, Toño”... Se refería al patrón, José Antonio González. “Salí de la camareta, miré así para arriba y cuando veo la que se viene, salí corriendo para proa y se llevó toda la popa”.

Solo hubo una víctima, un pastor alemán que se llamaba Ahmed. El barco tardó solo cinco minutos en hundirse, pero a los tripulantes les dio tiempo a salir en el bote. “Eso fue por debajo de Cabo Blanco, en el Banco de Arguin”, en Mauritania, donde los pescadores canarios enseñaron a pescar a los imraguen, los pescadores del desierto.

En uno de los barcos pesqueros. Foto: Cedida.

Polisario

Recuerda Pablo que cuando ocurrió aquello, pensaron que podía ser el Frente Polisario, pero que no le dieron mucha importancia, porque lo que querían era llegar a casa. Dice que cuando ocurrió lo del Cruz del Mar, sí se publicó que no habían tenido que ver con ese atentado pero sí con el Pinzales.

La prensa de la época, al día siguiente del ametrallamiento del Pinzales, recogía unas declaraciones del representante del Frente Polisario en Canarias: “No garantizamos la vida de los que transiten por el Sahara o por sus aguas tradicionales”, declaró en rueda de prensa: “Sabemos que desde Canarias se están haciendo operaciones de suministro, y el pueblo canario tiene que comprender que nosotros estamos en una guerra de supervivencia, que mueren diariamente mujeres y niños en los campamentos de refugiados, y el pueblo saharaui no está dispuesto a pasarse la vida en esos campamentos mientras unos invasores ocupan sus territorios”.

“El representante del Frente Polisario justificó los ataques a las embarcaciones canarias y explicó que como Marruecos utiliza la vía marítima para introducir material pesado en el Sahara, consideran que los pesqueros canarios son objetivos militares”, decía la crónica.

Dice Pablo que a pesar de todo no le tiene animadversión al pueblo saharaui. “No, no, los conozco bien, a lo mejor a algunos sí, pero en general no...”. Y señala que hasta 1975 también eran españoles. “No sé, estarían defendiendo lo suyo...”, dice.

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