
La pala contra la memoria: la injustificada amenaza a la Casa de Cueva la Negra en Fuerteventura

Establecer el valor patrimonial de los bienes arquitectónicos del litoral canario —surgidos de siglos de vulnerabilidad vital y precariedad estructural— exige un profundo conocimiento epistemológico y una estricta especialización técnica. Sin estos pilares teóricos, la puesta en valor de esta arquitectura vernácula, humilde y hecha a mano, queda sistemáticamente invisibilizada. Como consecuencia, se facilita su destrucción bajo la pala mecánica y con ello se degrada la memoria majorera —y no por carecer de leyes—; una pérdida irreversible que, paradójicamente, se financia con dinero público.
La desatención a la memoria del territorio por parte de las diferentes administraciones, responde, fundamentalmente, a que tales construcciones carecen de la estética de lo superfluo, no tienen la belleza de lo que sobra, y a la vez, se separan de la monumentalidad ornamental porque estrictamente están concebidas para el cobijo inmediato, estacional y, —ya lo escribimos— hechas a mano.
Estas chozas y casas crean paisaje cultural de orilla de la mar que se combina con la actividad ganadera como resultado de la trasterminancia para sobrevivir. Este trasvase anual es indisociable de la identidad de las dos islas del naciente canario, en las que la espontaneidad arquitectónica es un elemento heredado e identitario.
La apreciación del patrimonio que estrictamente responde a lógicas de habitabilidad inmediata, temporal y de sobrevivencia, requiere no negar su valor como memoria material de la población arraigada al territorio que crea y protagoniza el paisaje cultural de Jandía, el que cada día se sepulta para levantar hoteles.
La casa de Cueva la Negra no es una vivienda marginal, no forma parte de un asentamiento informal (del que se derribaron la totalidad de las casas entre 2009 y 2010, excepto la que nos ocupa), la propietaria —sin registro— no es la Nadie que vino, sino la que estaba desde hace siglos.
La vivienda es trinchera de memoria viva, expresión de un modo de vida, de apropiación de los recursos económicos, del talento organizativo para sobrevivir y sobreponerse a los años ruines, a la propiedad y a la medianería, con lo que se tiene: ganado, pesca, marisco, cebada y poco más.
La casa de doña Pascuala Roger es valiosa por su historia, su arquitectura adaptativa y su informalidad única, pero sobre todo porque articula la economía de Jandía. El inmueble conecta los recursos locales con sus formas de explotación, dando continuidad a la cultura majorera. Esa identidad se refleja en las maneras de ocupación del territorio y en los traslados estacionales para la captación de bienes: entre Cofete, Cueva la Negra y Jorós.
Si no valoramos este movimiento ambulante y agropecuario, así como la casa como materialidad del conocimiento intangible y resiliencia cultural, demostramos que no conocemos nuestra historia. Tampoco entendemos el valor de la pérdida, la resistencia social, ni la profunda orfandad que queda al ser desheredadas de un patrimonio insustituible que preserva la memoria territorial de la isla.
La mirada hegemónica, dictatorial e ignorante hacia estas edificaciones, como la expresada —entre otras— por Costas, facilita categorizar las chozas y casas como residuos periféricos o focos de degradación paisajística. Esta postura reduccionista, de narrativa supremacista y de violencia discursiva, invisibiliza y omite su profunda significación histórica y sociocultural de las casas y chozas de la costa, además de simplificar el paisaje cultural de la línea marítima, de despojarlo del tejido sociocultural y familiar que se desarrolla en su entorno.










Comentarios
1 Norteño Sáb, 19/09/2026 - 07:31
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