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Las leyendas más divertidas del guirre, el buitre sabio de los canarios

Sexo, sorpresa, salud, soledad y premio gordo sin comprar lotería

César-Javier Palacios 0 COMENTARIOS 24/05/2026 - 08:45

Todo en él, empezando por su nombre, está envuelto en un inmenso misterio. Guirre, una palabra extraña probablemente de origen aborigen, tamazight, tan única como lo es él mismo: el pájaro con mayor envergadura del Archipiélago, el único buitre canario, el neophron percnopterus, subespecie endémica del alimoche que un grupo de investigadores bautizamos en 2002 como majorensis, cuando apenas quedaban unas pocas parejas en Fuerteventura; en el mundo, porque es único.

A pesar de seguir siendo una especie en peligro de extinción, gracias a décadas de trabajo científico y de conservación su población actual supera ahora los 400 individuos. Son aves fascinantes que desde tiempos prehistóricos han maravillado a nuestros antepasados y siguen inspirándonos hoy a nosotros a través de un sinfín de leyendas tan bellas y singulares como lo son ellas mismas, aunque la tradición popular a veces las describa injustamente como feas, flacas, desgarbadas, despistadas e incluso malolientes.

El mal olor del guirre

El guirre es un ave grandiosa, tan singular como hermosa. Pero huele mal. O eso señala la tradición. La asociación entre olor y carroña aparece en frases como “oler a buitre”, una forma de decir que algo desprende un olor a carne podrida o que a alguien ronda una desgracia. Lógico por tratarse de una especie de dieta carroñera, siempre rebuscando entre muladares y cadáveres de ganado. Aunque en Canarias, donde somos tan amigos de tomárnoslo todo con mucho humor y bastante retranca, es posible darle a todo la vuelta, mezclando erotismo con cachondeo. A ver si no cómo interpretan ustedes esta divertida (y picante) copla romanceada recogida en 1994 por el investigador Roberto Hernández en los Valles de Ortega y que a sus 83 años cantaba con sonrisa picarona la señora Bernarda: “Qué mal olor da tu puerta / que desvanece el sentido: / o ese guirre tiene nido / o tiene que haber res muerta”.

Para despejar cualquier duda sobre tan singular puerta, el escritor de Agüimes Orlando Hernández recoge en el segundo tomo de sus Decires canarios que en Canarias la palabra guirre señala, ni más ni menos, que al sexo femenino. Y añade como ejemplo: “Cuando una mujer algo desvergonzada manda a alguien a la puñeta con desenfado dice ¡Cójeme el guirre!”. Tiene por tanto una significación despectiva y claramente misógina, donde “el pajarito” masculino se trastoca en femenina ave carroñera.

El experimento del huevo roto a pedradas demuestra que son muy inteligentes

Lo cierto es que todos los ganaderos saben que el guirre huele mal. “Es jediondo, no se puede tocar”, me advirtió una vez en Tiscamanita Ramón Hernández. Recordaba cómo, siendo un chiquillo inquieto, se subió a un nido en el Risco de las Manos, espantó al adulto y se llevó los huevos a casa. “Y llego allí y me dice Marcelino Solé, que en paz descanse el pobre: ¿Dónde vas con eso? Estaba jediendo. ¡Boooh! Devuélvelos ahora mismo al nido. Y luego me hizo darme jabón y agua para lavarme las manos, porque me jedían a reses podridas”.

Como para hacer una tortilla con ellos. Ni en los peores tiempos de hambre. A nadie se le ha ocurrido nunca comer huevos de guirre. Y menos aún su carne. Si huele tan mal, se supone que sabrá aún peor. O quizá, y es algo que piensan algunos investigadores, un ave tan especial, con esa leyenda de sagrada, ha mantenido siempre un aura de intocable. Ni se mata ni se come, dicta la tradición, pues hacer algo así podría acarrear desgracias mucho más graves que un simple retortijón de estómago.

Bien clarito se lo dejó dicho a Matías Francés su padre en Butihondo: “Al guirre no le mates nunca, que limpia el campo”. Aunque solo fuera para que te tocara el premio gordo, como le ocurrió una vez a un ganadero de Jandía. Ajeno a otra leyenda que asegura que las aves defienden sus nidos tirando piedras a los intrusos, a ese buen hombre se le ocurrió trepar a uno por pura curiosidad. Para su sorpresa, entre los restos que los pájaros habían llevado para hacer más confortable el lecho donde depositar los huevos, además de ramas, lana y algún calcetín viejo, había un billete de cien pesetas. Era una cantidad fabulosa en aquellos tiempos, una auténtica fortuna.

¿De dónde sacó tanto dinero el guirre? Es de suponer que no lo robó; se le caería a alguien en el campo. Dotado de una extraordinaria vista, al animal le parecería algo curioso y se lo llevó a su nidal. Al vecino y su familia ese año les tocó la lotería sin necesidad de comprar un décimo.

Félix Rodríguez de la Fuente llamó al guirre o alimoche “el buitre sabio” debido a un comportamiento fascinante y poco común entre las aves: usa herramientas para alimentarse. Cuando se encuentra con huevos grandes, como los de avestruz, y dado que su pico no puede romper fácilmente la cáscara, recoge piedras y las lanza hasta fracturarlos, accediendo así fácilmente a la yema y la clara del interior. Este experimento lo han repetido en Fuerteventura científicos de la Estación Biológica de Doñana con resultados sorprendentes. En una isla donde no existen avestruces y las aves son residentes, nunca han viajado a África ni han visto huevos tan grandes, los guirres tienen un instinto innato que les permite reconocer un alimento tan excepcional. Es poner un huevo de avestruz en medio del campo majorero y ver cómo rápidamente bajan varios ejemplares, buscan piedras y lo rompen para comer su nutritivo interior. Este comportamiento demuestra una notable capacidad de planificación y manipulación de objetos, situándose entre las pocas especies de aves que utilizan herramientas para conseguir alimento.

El experimento del huevo roto a pedradas demuestra que son muy inteligentes. Aunque como todos los genios, pelín distraídos. Así lo asegura una expresión escuchada en Mézquez: “Eres tan despistado como el guirre, que se le olvida dónde pone los huevos”.

El asombro del guirre

En el habla canaria, “asombrarse” o “quedarse asombrado”, además de admiración o extrañeza implica a menudo “quedarse paralizado de miedo”. Lo mismo se dice en Andalucía y Extremadura. En México y Centroamérica se usa en expresiones como “me asombré mucho” para hablar de un susto repentino, similar a “se me heló la sangre”. En el Río de la Plata (Argentina, Uruguay), “asombro” tiene el matiz de espanto en narraciones populares. Pero Fuerteventura es probablemente el único sitio en el mundo donde el asombro es un método tradicional de caza.

“Se quedó patas arriba del susto. Le cortó las alas y le seguía como un perrito”

En 1998, cuando Agapito González Curbelo tenía 73 años, me aseguró: “Los guirres se asombran. Así cogí yo una vez uno en Tefía”. Usando el mismo método de “asombrarlo”, de esconderse y aparecer de golpe, dándole un inmenso susto al pájaro, el padre de Matías Francés capturó otro: “Se quedó patas arriba del susto. Le cortó las alas y le seguía como un perrito a todas partes. Lo tuvo en casa tres años”.

Virgilio Cabrera Padrón, natural de El Almácigo, recordaba perfectamente a un vecino que a golpe de buen susto también capturó un guirre por puro divertimento. “Le colgó del cuello una cencerra pequeña y lo soltó. Y después se veía por ahí el guirre volando y sonando todo el rato el clin, clin, clin. Eso fue hace muchos años, pero fue verdad”.

Quizá fuera el mismo guirre musical que durante muchos años conoció el señor Ramón Hernández: “Ese guirre yo no sé lo que duró. Porque siendo yo chiquitito ya estaba con la cencerra. La escuchabas y decías: “Coño, ahí va una cabra volando”. Y me decía el señor Pedro Camacho: “No, ese es un guirre que tiene una cencerra. Lo cogieron asustándolo. Porque un guirre se coge fácil. Le echa usted un poco de carne aquí, y se pone cerca bien tapado, por donde él no lo ve, y cuando llega y está comiendo, sales gritando: ¡Oh guirre! Y se queda con las patas así parriba. Y lo cogieron así. Y le pusieron una cencerra. Desde que era niño estaba el guirre ése. Fui al cuartel a hacer la mili y al volver seguía andando con la cencerra. Pero me dijeron que lo cogieron, no sé si fue para quitársela. Se le veía todos los años y después desapareció”.

La soledad del guirre

Existe un refrán canario que suena casi a sentencia: “Quien vive como guirre, muere como guirre”. Esta expresión surge de la observación que los campesinos hacían del ave, pues pasa gran parte del tiempo en riscos y cortados elevados, lejos de los pueblos. Su vida solitaria, dependiente de lo que encontraba en el campo, alimentó la imagen de un animal aislado, que parecía vivir al margen de los demás.

A esa soledad se sumaba la percepción de una existencia dura y precaria. La presencia del guirre en torno a cadáveres de ganado o en lugares sucios reforzaba la idea de un ser que sobrevivía únicamente de lo que hallaba, sin cazar ni “ganarse” la comida de otra manera. De ahí nació la metáfora del refrán, que resume en pocas palabras la dureza y el aislamiento que tradicionalmente se atribuían a esta emblemática rapaz canaria. Todavía en Fuerteventura se recuerda a una familia tan pobre que eran conocidos como “los guirres”, pues iban por el campo buscando cualquier cosa con la que matar el hambre.

“Vivir como guirre” tiene el significado de llevar una vida aislada o áspera

Por eso, en el habla popular canaria “vivir como guirre” tiene el significado de llevar una vida aislada, áspera o miserable. El remate del refrán -“muere como guirre”- refuerza la advertencia. Quien vive apartado de los demás, sin apoyo ni comunidad, acaba teniendo un final igualmente solitario. Refuerza la importancia de la vida en común en sociedades rurales donde la cooperación es esencial para sobrevivir.

Así lo recoge un viejo relato escuchado en Tenerife: hubo una vez un sacerdote al que llamaron para dar la extremaunción a un enfermo que estaba en las últimas y vivía en la montaña. El cura acudió en su burra, pero cuando desde la vereda le indicaron los riscales donde estaba la cueva a la que tenía que llegar, miró para arriba, y desde abajo le echó la bendición mientras decía: “Como guirres viven, pues como guirres mueran”.

Rapaces necrófagas especializadas en carroña, un alimento tan desagradable, se supone que comen lo justo, y que por lo mismo ni engordan ni se dan grandes atracones a carne muerta. No es cierto, pero es una creencia popular muy extendida. Así se lo recordaba desde muy pequeño al biólogo tinerfeño Juan José Bacallado su madre: “Come, que estás flaco como un guirre”. Otro sabio, el académico Agustín Millares Carló, lo explicaba en uno de sus estudios: “Como esta ave de rapiña, cuando está posada en lo alto de una peña tiene silueta de viejo tristón y flaco, es muy frecuente comparar con un guirre a la persona delgada y malicienta. ¡Qué flaqueza la de este niño! Está hecho un guirre”.

La expresión es tremendamente popular. También la recoge Orlando Hernández, pero señalando no a una persona delgada, sino aterida por las bajas temperaturas: “Está enguirrao, arrinconado, como si estuviera muerto de frío. Viejillos friolentos que se enguirran como imitando las alas caídas del guirre. Por extensión, muchachillo famélico, casi por dejadez: Espabílate, ¡recorsío!, que estás tan enguirrao como los viejos”.

“Lejos de guirres, cerca de gente”, refuerza un deseo de buenos sentimientos

Más expresiones muy curiosas. Como cuando alguien estornuda y quien tenemos a nuestro lado nos suelta: “Dios te reviente. Lejos de guirres, cerca de gente”. ¿Será una maldición? Es justo lo contrario. La expresión “¡Dios te reviente!” es un eufemismo o hipérbole irónica, usada en el habla coloquial canaria para desear justo lo contrario de lo literal: bendición y salud. Proviene de la tradición de invocar protección divina tras el estornudo, como “¡Dios te bendiga!” o “¡Jesús!”, ligada a epidemias antiguas donde la tos se relacionaba con alguna enfermedad. En su versión más humorística y exagerada, “reviente” invierte el sentido negativo en uno protector; se dice en broma para enfatizar exactamente lo contrario, el deseo de bienestar.

“Lejos de guirres, cerca de gente”, refuerza un deseo de buenos sentimientos, no verte convertido en carroña, sino que sigas vivo por muchos años. La expresión es un ejemplo más de cómo los antiguos canarios mezclaban observaciones ecológicas, superstición y valores sociales, con ese humor tan vital que nunca los ha abandonado.

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