OTRA HISTORIA DE CANARIAS

La cabra, el animal que salvó a la población de Fuerteventura y Lanzarote

Desde tiempos ancestrales, el territorio, la economía y la sociedad de estas islas han girado en torno al trascendental sector caprino local.

Mario Ferrer 0 COMENTARIOS 22/03/2026 - 08:17

Desde hace unos meses en Fuerteventura se vive un debate público en torno a la revisión del nombre de la capital de la Isla. El Consejo de Ministros del 6 de marzo de 1956, en plena época franquista, aprobó el cambio de Puerto de Cabras a Puerto del Rosario. Hoy en día, 70 años después, la Asociación Patrimonial El Efequén ha puesto en marcha una iniciativa para recuperar el antiguo topónimo, que sirve para hablar de un animal con una capacidad extraordinaria de adaptación, que lleva siglos marcando muchos aspectos de la cultura de las islas más orientales de Canarias.

Se cree que hace aproximadamente entre 10.000 o 12.000 años se domesticó a las primeras cabras montesas salvajes en la zona del Creciente Fértil en Oriente Próximo. Este proceso, junto al “descubrimiento” de la agricultura, influyó poderosamente en la progresiva sedentarización de la humanidad y, por tanto, en la aparición de las primeras grandes civilizaciones.

La cabra pronto demostró ser un especie ideal para dar un suministro fiable de valiosos recursos a las agrupaciones humanas: carne, leche, queso, grasa, pieles, huesos, tendones, estiércol... Pocos animales eran tan productivos para el ser humano, pero es que además sobresalía por su capacidad de adaptarse a climas muy variados, incluidos los más áridos.

La domesticación de la cabra se extendió con rapidez por muchas partes del planeta y los primeros pobladores de Canarias, provenientes del norte de África, trajeron esta especie con ellos a las Islas un milenio antes de la llegada definitiva de los europeos, como mínimo. Los prehistoriadores manejan distintas teorías sobre el poblamiento del Archipiélago, pero tanto las evidencias arqueológicas como las últimas investigaciones genéticas consideran que la cabra llegó en ese proceso colonizador, para luego ir adaptándose a las peculiaridades del territorio insular.

Con el aislamiento que se mantuvo durante siglos, más el intercambio posterior con especímenes europeos y africanos traídos después de la conquista, en Canarias se desarrollaron tres razas autóctonas de cabras que han sido reconocidas oficialmente: la palmera, la tinerfeña y la majorera, que se considera originaria de Fuerteventura y que es la que predomina en las islas de las que hablamos. Esta variedad se caracteriza por su talento para sobrevivir en zonas con pocas lluvias y escasos pastos. La cabra majorera no es solo una excelente superviviente, sino que también destaca por dar una elevada producción lechera si tenemos en cuenta lo pobre de su entorno vegetal.

Cabras en una granja de Lanzarote. Foto: Adriel Perdomo.

Pastores majos

Los majos, los primeros pobladores de Lanzarote y Fuerteventura, eran pastores y probablemente veneraban de alguna manera a un animal que les proveía de recursos en un ambiente tan seco como el de las islas más orientales de Canarias. Algunos elementos excavados en la piedra como canales, cazoletas o las llamadas “queseras” han sido vinculados con el derramamiento ritual de leche por parte de los majos.

La Graciosa, Isla de Lobos o Alegranza eran grandes corrales comunales

No obstante, su modelo de ganadería era muy diferente al actual, donde predomina la estabulación, basada en un suministro de forraje asegurado que casi siempre procede de fuera de la isla. En la sociedad maja ese sistema era imposible, de manera que seguían una ganadería extensiva, más en sintonía con las condiciones naturales de estas islas, al dejar el ganado en estado de semi libertad para aprovechar al máximo su capacidad de alimentarse de matorrales o casi de cualquier planta en época de sequía.

De este manejo ancestral de la llamada “cabra de costa” surgió una organización del territorio y del calendario muy específica, dando lugar a actividades como la de las apañadas, que son grandes y trabajadas recolectas colectivas de ganado guanil para marcarlo, cuidarlo y explotarlo mejor. Las apañadas también tienen un gran componente social y comunitario, con tradiciones y prácticas consuetudinarias muy arraigadas.

Además del legado de profesiones y saberes tradicionales, el pastoreo proveniente de la época maja dio lugar a un patrimonio cultural y etnográfico que permaneció muy vigente hasta fechas recientes. Por ejemplo, gran parte de la rica arquitectura de piedra seca de estas islas está vinculada con la ganadería desde tiempos inmemoriales: gambuesas, majadas, muros, toriles, goires, gateras o grandes paredes de costa ganadera que servían para controlar a las reses y que siglos después de su construcción siguen en pie.

Alimentación local

Las crónicas de la época de la conquista dejaron testimonio de la importancia de la cabra para los majos, una pieza estratégica que también fue clave para la población mestiza que se fue formando en los siglos posteriores a este gran cambio. No obstante, la llegada de europeos dio más importancia a la agricultura, lo que generó tensión y nuevas normativas por los daños que los rebaños podían hacer a las zonas cultivadas.

Su adaptación a la sequedad de estas islas ha sido su gran cualidad diferencial

Con todo, la cabra siguió siendo básica en la economía familiar. A diferencia de la orchilla, la barrilla, la cochinilla o los cereales, que mayoritariamente eran para exportación, los recursos de la ganadería local se quedaban en Lanzarote y Fuerteventura, suministrando leche, queso, carne, grasa o pieles hasta en épocas de sequías. La cabra era uno de los pocos “salvavidas” en los que podía confiar la población isleña en los periodos de escasez que daban lugar a hambrunas y emigración masiva.

Otro testimonio de la importancia de la ganadería es que La Graciosa, Isla de Lobos, Alegranza y otros islotes se usaron durante siglos como gigantescos corrales de uso comunal donde se dejaban las cabras largas temporadas hasta la época de las apañadas.

La presencia de la cabra también está muy presente en la toponimia. Más allá del caso de Puerto de Cabras mencionado al principio, muchas zonas de Canarias y especialmente de Fuerteventura tienen denominaciones ligadas con este animal: Río Cabras, Fuente de Agua Cabras, Majada Cabrones...

Escultura ‘La cabra al viento’ de Juan Miguel Cubas. 

Desafíos y renovación

La llegada del turismo hace poco más de medio siglo cambió por completo la realidad de Lanzarote y Fuerteventura. El sector caprino se tuvo que enfrentar a una aguda falta de relevo generacional, una problemática a la que también se le sumó la aparición de nuevas normativas más restrictivas en el tratamiento de los animales y una creciente preocupación por el impacto medioambiental del ganado guanil, dado su gran efecto en la desertización del suelo y en el peligro de extinción de especies vegetales autóctonas.

Estos condicionantes hicieron mella en el pastoreo tradicional, especialmente en Lanzarote, mientras en Fuerteventura pudo mantenerse con más relevancia. Pero de nuevo, la cabra mostró una gran capacidad de adaptación. La ganadería ha mejorado en profesionalización, al tiempo que la elaboración de quesos ha vivido unas décadas muy buenas, con un prestigio gastronómico cada vez mayor y buena implantación tanto en la alimentación local, como en la oferta que les llega a los millones de visitantes que vienen cada año. Los cambios que ha traído el turismo han favorecido la industrialización y han mejorado las opciones de exportación, sin dejar de incentivar a las pequeñas queserías más artesanales. Las ferias ganaderas también han visto crecer su importancia económica y social, destacando FEAGA.

Frente a las complicaciones del pastoreo tradicional, con elementos como las apañadas que han desaparecido en Lanzarote, el sector caprino no solo ha crecido económicamente sino que mantiene un lugar privilegiado del imaginario insular, más bien. Desde el souvenir turístico, a la escultura, la música, la fotografía o el cine contemporáneo, la imagen de la cabra sigue siendo uno de los iconos más reconocibles de estas islas. Desde luego, trayectoria histórica no le falta a este animal para constituirse como símbolo de la cultura de Lanzarote y Fuerteventura.

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