
EL PERISCOPIO
Por Juan Manuel Bethencourt
El contexto internacional no invita precisamente al optimismo. Y, sin embargo, el sector encuentra en el caos una fuente inesperada de impulso
Hay una imagen que resume bien el momento actual del turismo en Canarias: es un motor que sigue funcionando a pleno rendimiento… pero con piezas internas cada vez más tensionadas. Desde fuera, todo parece ir mejor que bien. Las cifras de ocupación acompañan, la demanda internacional se mantiene firme pese a la inestabilidad y las previsiones apuntan a otro verano sólido en visitantes y facturación. Sin embargo, basta con revisar un poco el motor para comprobar que la realidad es bastante más compleja.
El contexto internacional no invita precisamente al optimismo. Tensiones geopolíticas en Oriente Medio, riesgos sobre el suministro energético global y una volatilidad creciente en los mercados están configurando un escenario de incertidumbre poco habitual incluso para estándares recientes. Y, sin embargo, el turismo insular no solo no se resiente, sino que encuentra en ese mismo caos una fuente inesperada de impulso. Es lo que el sector denomina, con cierta frialdad técnica, el “efecto refugio”. Cuando determinados destinos se perciben como inseguros o inestables, los flujos turísticos se redirigen hacia lugares que ofrecen garantías. España, y especialmente Canarias, vuelve a ocupar ese espacio. No es tanto un crecimiento por mérito propio como por descarte ajeno.
Este fenómeno tiene consecuencias inmediatas. La demanda se sostiene, los ingresos crecen y el gasto por turista aumenta de forma significativa. Pero ese crecimiento no es homogéneo ni necesariamente sostenible. Se apoya, en gran medida, en un encarecimiento progresivo del producto turístico, impulsado por factores externos que escapan al control del propio destino. Aquí entra en juego el gran protagonista silencioso de esta etapa: la energía. El turismo, en su concepción moderna, es intensivo en consumo energético. Desde el transporte aéreo hasta la operativa hotelera, todo depende de un recurso que, en el contexto actual, se ha convertido en un factor de riesgo estructural. El incremento del precio del combustible de aviación, la incertidumbre en el suministro y la dependencia europea de las importaciones procedentes del Golfo están introduciendo una presión constante sobre los costes.
El resultado es un modelo cada vez más caro. Suben los billetes de avión, aumentan las tasas, se encarecen los servicios y el turista, de momento, lo asume sin rechistar. De hecho, lo está asumiendo con una sorprendente resiliencia, lo que explica que el gasto total crezca incluso cuando el número de visitantes lo hace de forma moderada.
Pero esta dinámica encierra una contradicción de fondo. Un turismo más caro puede mejorar la rentabilidad a corto plazo, pero también puede reducir la base de demanda en el medio plazo. No todos los mercados emisores reaccionan igual ante el aumento de precios, y la elasticidad de la demanda turística, aunque limitada en determinados segmentos, tampoco es infinita.
En este punto, Canarias empieza a mostrar signos de fatiga. Algunos indicadores apuntan a una desaceleración real del sector, con caídas en las pernoctaciones y una evolución del gasto que, una vez descontado el efecto precio, no resulta tan positiva. Es decir, el crecimiento existe, pero está cada vez más condicionado por la inflación turística. A ello se suman factores internos bien conocidos: saturación de determinados destinos, presión sobre infraestructuras, tensiones sociales derivadas del impacto del turismo (por otro lado, vamos a contarlo todo, es también el principal generador de empleo e ingresos fiscales) y una percepción creciente de encarecimiento tanto para visitantes como para residentes.
Y es precisamente en ese tránsito donde aparece la mayor paradoja del momento. El turismo de Canarias vive simultáneamente dos realidades contrapuestas: una desaceleración estructural y un estímulo coyuntural. Por un lado, el modelo muestra límites evidentes; por otro, la geopolítica internacional sigue empujando demanda hacia el destino. Este equilibrio es, en esencia, inestable. Puede sostenerse durante un tiempo, incluso ofrecer resultados positivos en términos agregados, pero no resuelve los problemas de fondo. Más bien corre el riesgo de ocultarlos. Cuando el crecimiento se explica por factores externos, la tentación de posponer decisiones estratégicas aumenta. Si los turistas siguen llegando, ¿para qué cambiar? Si los ingresos crecen, ¿por qué asumir costes políticos o económicos en la transformación del modelo?
Sin embargo, es precisamente ahora, en un contexto de demanda favorable, cuando existe mayor margen para abordar reformas estructurales. Mejorar la eficiencia energética, diversificar mercados, redistribuir flujos turísticos, elevar la calidad del destino y reducir su impacto territorial no son opciones ideológicas, sino necesidades estratégicas. El debate sobre la fiscalidad turística ilustra bien esta tensión. Las tasas pueden generar recursos y contribuir a la gestión del destino, pero también incrementan el coste final y no han demostrado ser, por sí solas, herramientas eficaces para modular la demanda. El problema no es tanto cuántos turistas llegan, sino cómo se gestionan.
En última instancia, el turismo canario se enfrenta a una disyuntiva clásica: aprovechar el viento de cola o prepararse para cuando deje de soplar. La historia económica está llena de sectores que confundieron coyuntura con tendencia y terminaron pagando el precio de esa confusión. Canarias, con su experiencia acumulada y su posición consolidada, tiene la oportunidad de no repetir ese error. Pero para ello necesita algo más que buenas cifras: necesita una lectura honesta de la realidad. Porque no todo crecimiento es progreso. Y no todo éxito es sostenible. Hay que gestionarlo.











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